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viernes, 19 de junio de 2020

A Paco



¿A dónde van las aves cuando mueren?
¿Qué cielo más alto les espera,
qué otra vida les tienen prometida?
¿Qué libertad mayor, qué vuelo
más amplio, qué sembrados más extensos?
¿No son las manos de Dios ese hondo cénit,
ese viento errático, impredecible,
que saben gobernar bajo sus alas?
¿No son, entre sus manos, un símbolo
suyo hacia nosotros, un grito nuestro?
Acaso las toma entre sus manos,
contra su pecho nos aprieta.

C. I

domingo, 25 de diciembre de 2016

Estrella de la Natividad, de Joseph Brodsky




En la estación fría, en un lugar habituado al calor más que
al frío, a la planicie más que a la montaña,
nació un niño en una cueva para salvar al mundo:
soplaba el viento como solo sopla en invierno en los desiertos: a la contra.

Para Él, todo resultaba enorme: el pecho de Su madre; el vaho
exhalado por los bueyes; Gaspar, Baltasar, Melchor –el equipo
de Magos, cuyos regalos se amontonaban en la puerta entreabierta.
Él no era sino un punto, y un punto era la estrella.

Penetrante, sin pestañeos, a través de pálidas, extraviadas
nubes, sobre el niño en el pesebre, desde muy lejos –
desde la profundidad del universo, desde su opuesto confín– la estrella
contemplaba el interior de la cueva. Y era esa la mirada del Padre.

Joseph Brodsky


Traducción: C. I

Original: aquí

miércoles, 26 de octubre de 2016

Quien avanza en Calais






Quien camina por el campo
de refugiados de Calais

Nadie reconoce su desfigurado rostro
confundido entre los rostros del sufrimiento
nadie lo saluda
                    nadie
levanta la mirada
mientras avanza
bajo el alambre retorcido de la lluvia

los desposeídos cubren sus ojos con escamas de barro
imposible ver otra cosa que la tierra
la imposible tierra
la inaccesible tierra
la reducida tierra      límite del océano
la tierra agonizante

y él avanza hundiendo
sus pies en fango
pisando la alambrada de la lluvia
coronada por las púas de sus propias lágrimas
acaricia a un huérfano
abraza a una enferma
suda sangre

avanza

Y los romanos
a paso ligero
                 irrumpen
golpean con las culatas de sus fusiles
salpican con sus botas
cubriendo de más lodo a los caídos
empujan con violencia a los bárbaros
hacia los bordes exteriores del imperio
y los arrojan al mar

pero no pueden impedir que él avance
se abra paso entre sus escudos y pistolas
hacia la desolación

y si alguien   quién   quién sabe
lo reconociera
y extrañado preguntara

quo vadis, Domine?

habría de responderle:

Vengo a ser crucificado aquí de nuevo
y morirán junto a mí, de nuevo
un hombre malo      un hombre bueno

C. I

Imagen vía

martes, 30 de junio de 2015






Qué velo tan frágil,
el cuerpo.

Este breve paréntesis
que separa
la nada de lo eterno.

C.I

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Poema de Navidad, de Joseph Brodsky




En Navidad todos somos reyes magos.
Todos en la tienda nos colamos y empujamos.
Un paquete de caramelos de café
es el punto del asalto en oleada
de una multitud cargada pesadamente de productos:
cada quien es su propio rey, su particular camello.

Bolsas, paquetes, envoltorios,
gorras y corbatas ladeados,
olor a vodka, a resina y bacalao,
a canela, manzanas, mandarinas.
Ríos de rostros, sin señales de un camino
que conduzca hacia Belén, cerrado por tormenta.

Y los portadores de regalos tan modestos
saltan a los autobuses y abarrotan puertas,
desaparecen en las bocas de asombro de los patios,
aunque sepan que nada han de encontrar allí:
ni animales, ni pesebre, ni siquiera a ella,
en cuya cabeza brilla un nimbo de oro.

Vacío. Y sin embargo el simple pensamiento de eso
hace brillar luces como surgidas de la nada.
Herodes reina pero cuanto mayor es su poder
más cierto, más seguro es el milagro.
En la constancia de esta relación
descansa el mecanismo simple de la Navidad.

Por este motivo se celebra en todos los lugares,
porque su advenimiento hace juntar las mesas.
No el deseo de la estrella de una noche,
sino una especie de buena voluntad rozada por la gracia
es lo que puede verse desde lejos en los hombres,
y han encendido los pastores sus hogueras.

Cae la nieve: no humean sino que crepitan en los tejados
los pucheros de las chimeneas, y semeja una mancha cada rostro.
Herodes bebe. Las madres esconden a sus hijos.
Aquél que viene es un misterio: sus facciones
no se conocen de antemano, puede que el corazón del hombre
no reconozca fácilmente al extranjero.

Pero cuando las ráfagas a través del umbral dispersan
la espesa niebla de las horas más oscuras
y envuelta en un manto una figura se vislumbra,
descubres un Niño dentro de ti mismo
y un Espíritu que es Santo; alzas la vista
al cielo que te cubre y ahí está:

                                                una estrella.

Joseph Brodsky (traducción: C. I )

Poema en versión original aquí.

Imagen


sábado, 1 de noviembre de 2014




                                              Al despertar, los sueños todavía
                                              retienen la conciencia vagamente,
                                              apresan la memoria entre sus formas
                                              difusas y volátiles y leves.

                                             Aquí, frente al cadáver, las plegarias
                                             monótonas y tristes se suceden,
                                             esgrafían las lágrimas los rostros,
                                             el silencio cincela unos claveles.

                                             Y nosotros, difusos en el sueño
                                             del muerto, le pedimos que nos sueñe
                                             todavía un instante para así
                                             poderlo retener, evanescentes.

viernes, 15 de agosto de 2014





Estragón se levanta y se dirige hacia Vladimir, con los zapatos en la mano. Los deja cerca de la rampa, se yergue y mira la luna.

VLADIMIR: ¿Qué haces?

ESTRAGON: Contemplo la luna, como tú.

VLADIMIR: Me refiero a tus zapatos.

ESTRAGÓN: Los he dejado allí. (Pausa). Otro vendrá, tan… tan… como yo, pero calzará un número menor, y harán su felicidad.

VLADIMIR: Pero no puedes ir descalzo.

ESTRAGON: Jesús lo hizo.

VLADIMIR: ¡Jesús! ¿A qué viene esto? No pretenderás compararte con Él.

ESTRAGÓN: Lo he hecho durante toda mi vida.

(Samuel Beckett, Esperando a Godot, traducción de Ana Mª Moix, ed. Tusquets)

lunes, 30 de junio de 2014

                                              
                                                    



El peso del cielo descansa
     sobre una columna sin templo.

Se fue desmoronando todo
    hasta quedar la transparencia.


                                     C. I


domingo, 2 de marzo de 2014



Esculapio - Ampurias

Querido Kinnaird:

Veinte siglos de inclemencias han tallado el relieve de esta piedra con más fuerza que el cincel de su olvidado artesano.

Al escultor debemos sin duda estos miembros proporcionados, casi perfectos, y que sin embargo no son los que nos mueven a detenernos para contemplar la estatua, reflexivos y admirados. Durante largos días aquel hombre desconocido, devorado ya por la historia en la que no tuvo más peso que el que ahora se sostiene ante nuestros ojos, ese hombre cuyos miedos y alegrías, semejantes a los nuestros, han sido arrastrados por el torrente del tiempo sin dejar rastro y a quien acaso le haya sido dado perdurar en su obra más de lo que a cualquiera de nosotros nos será otorgado, durante largos días debió enfrentarse a la roca que habría de sobrevivirle, golpeándola con fuerza para plasmar trabajosamente una mitología. Quizá detrás de su esfuerzo no se ocultara más que la tranquilidad de unas monedas, o de un plato caliente de comida, o de unos latigazos menos severos. Es posible incluso que lo acompañara en su trabajo la ilusión que transmite la mirada de un hijo. Nunca lo sabremos. Pero lo único cierto es que su trabajo proporcionó la materia para el tiempo.

Porque aquel hombre desapareció mientras que la piedra quedó erguida, con inquietante forma humana, frente a los siglos que habrían de sucederse. Vinieron entonces las lluvias y los vientos,   el calor y el frío, el hielo, la humedad, el polvo, las manos que anhelaban el tacto de su contorno. Todo aquello fue cincelando de forma incesante la piedra con un significado que excedía de las pobres manos del artesano. Ahora, cuando la piedra se ha oscurecido, cuando el musgo se acomoda entre los pliegues de su túnica, ahora que la erosión ha desgastado las líneas de sus facciones, que sus ojos rezuman ciegos líquenes y que su brazo nos señala con un enorme vacío, la estatua se ha convertido verdaderamente en el dios que pretendió esculpir alguien, hace demasiado tiempo.

Siempre tuyo, etc, etc.

C. I