sábado, 10 de noviembre de 2018

Un día en la hacienda, de Konstantin Kulakov





Cae como una lluvia, la luz de la mañana. Cerca
de la hacienda, pavos y pollos
nos entorpecen el paso. ¿Quieres café?
grita desde el balcón tu madre,
un repique de la hora sus palabras.
Su cuerpo perdió las formas por los años
de crianza, por los años de trabajo ingrato
en hoteles de Manhattan. Con precisión de reloj
prepara la cafetera, esa pequeña
olla a presión de vapor y de café.
A sus sesenta luce joven, riendo
con los trabajadores. Estudiante de botánica
en otros tiempos, trata hoy de aplacar con música
el aullido de los rottweilers. Por un instante
a solas conmigo y con el valle, alza
la taza hasta la nariz, aspira su aroma
y me dice: la vida es para ser vivida.

¡Vámonos!, se escucha desde la escalera. Tu
padre es ya un motor al ralentí
impaciente por traer a casa los frutos del trabajo.
Después, perdido en la extensión del campo, libre del
estruendo de Nueva York, se siente feliz. Con
un golpe de machete arranca una
caña de azúcar. E igual de rápido nos muestra
cómo recolectar el cacao con eficacia y
su valor tan elevado. Tres horas pasan.
Sudadas las camisas, huyendo del mediodía,
llenamos tres sacos de guisantes.
Un chico se tiende bajo un árbol.
Se escucha "El desayuno está listo", un eco
que reverbera desde la casa. A veces pienso
que decepciono a tu padre. Pero hoy al menos
sé que el cansancio del día guardará su sueño.

En la hacienda la comida es importante.
Mira: los guisantes de tu plato crecen
en las plantas de aquel valle. Y el pollo
que corría esta mañana será la cena de esta noche.
Es importante. Demasiado o demasiado poco
picante, mucha o poca atención,
pueden volverte un haz de fuego y de sudor
o llenar de mosquitas el zumo de tu vaso.
Hoy comeremos sancocho a leña.
Escucho el español con atención, respondo
con torpeza un poco y lentamente, comento
lo cansado que está el perro. Hay siempre
comida en abundancia. Y café para combatir
el cansancio antes de que sea tarde y los platos sucios
desborden el fregadero. Pero si logras lavar los platos
conservando agua en el depósito te sientes
como un monje rociado por agua bendita.

Esta noche el crepúsculo se extiende como un fondo
de azules. La bombilla del balcón es un lirio blanco.
En lo alto de la colina cuelgan plátanos
del platanero. Toma, me ofrece tu padre.
Deja en mi mano un sorbete de chinola. Primero
sabe solo a frío, luego un poco amargo, después dulce.
Miro la corriente azul del cielo, que se adensa.
Señalas a tu padre –una mente matemática
que se hace apodar la máquina– mientras baila merengue
en el salón. Se hace tarde. Fregamos
la vajilla, ordenamos los libros y la ropa.
Pronto nos ducharemos y tu padre cerrará
con llave la puerta de la entrada. Escucharemos
las fiestas del pueblo animarse y prolongarse
hasta avanzada la noche. Pero los gallos. Los gallos
y los rottweilers... ellos llorarán
toda la noche, hasta que amanezca.


Konstantin Kulakov


Traducción: C. I

Imagen: Konstantin Kulakov



*Cursivas: en castellano en el original

Konstantin Kulakov es un joven poeta estadounidense de origen ruso, cuya trayectoria vital le ha llevado a vivir como emigrante en Londres, Wisconsin y, finalmente, Nueva York, donde reside en la actualidad y donde tuve ocasión de encontrarme con él tras haber mantenido una amistad epistolar a través de las redes sociales. Ha publicado un libro de poemas de extraordinario título, Excavating the Sky (excavando el cielo), que le valió el Greg Grummer Poetry Award. Poeta profundo y trascendente, se aprecia en su obra una fusión de tradiciones, un amor casi físico por el lenguaje que debe mucho a la prosodia de su lengua rusa materna y, especialmente en su primer libro, un afán de unir en abrazo a las diversas culturas y religiones. Otros poemas suyos han aparecido, además, en diversas revistas norteamericanas.

El poema que aquí traduzco, todavía inédito (se publica antes en esta versión española que en el original inglés), es fruto de la estancia de varios meses de Kulakov en la República Dominicana, respondiendo a la necesidad de un desarraigo, siquiera temporal, del ambiente urbano y fieramente crematístico para enraizarse de nuevo en la naturaleza y que ha supuesto para él una honda experiencia interior, al tiempo que lo ha puesto en contacto con nuestra lengua, causando –continuando, en él– la alquimia transformadora del mestizaje.

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